
El hacer cine comercial en el Perú es un reto. Verdad de Perogrullo, pero cierta para todos aquellos que apuestan al mercado nacional con un producto de entretenimiento.
La situación de la producción de películas en el Perú sigue exactamente igual a años atrás. Solamente si tienes dinero, haces tu película. No hay una infraestructura que le permita a una persona con un proyecto bajo el brazo realizar un largometraje.
Como sabemos, ni ha existido ni existe una industria fílmica en el país. No hay continuidad en la producción, no se han creado patrones o modelos a los que adhiera el público. A su manera cada película baila con su propio pañuelo.
Además, el cine peruano atraviesa por una fuerte crisis creativa y no logra reeditar los éxitos de los ochenta e inicios de los noventa que tuvieron gran aceptación en el público local y lograron cosechar premios en festivales de no poca importancia en el exterior. Hasta el día de hoy no aparece una nueva generación de técnicos, productores, guionistas y directores con una propuesta interesante. La nueva generación de cineastas y videoastas aún no presenta propuestas y otros, al intentar el estilo cine americano con el estrellato hollywodense como objetivo, no les permite una mirada interior que pudiera enriquecer una propuesta, si es que la hubiera
En la actualidad, los jóvenes realizadores se enfrentan a la cruda realidad del mercado y a una ley del cine que el propio Estado burla al no dar la cuota que, por imperio de esa misma ley, le corresponde dar a un fondo de premiación para los cineastas, por lo que los jóvenes realizadores que se atreven a asumir el riesgo de un largometraje deciden apostar sobre seguro, utilizando “fórmulas ganadoras” que en el pasado dieron resultado en otras películas, sacrificando su talento por el supuesto beneficio económico.
Esto corresponde al letargo en el que estamos: los gremios no funcionan y el CONACINE es simplemente un organizador de concursos.
Lo lamentable es que estamos en un letargo sin tener por qué estarlo. El Perú tendría que tener ya una industria cinematográfica porque tiene ventajas comparativas sobre otros países de América Latina. A pesar de eso, nuestro cine, lamentablemente, descansa en Ibermedia, en los concursos de CONACINE. Es decir, no se sostiene en sí mismo.
El CONACINE debe recibir anualmente un promedio de un millón y medio de dólares. En los siete años de vigencia de la ley, el estado sólo ha aportado entre el 10 y 15 % de esta cantidad anualmente. A esto debe sumarse que CONACINE no cuenta con una autonomía económica, presupuestal y administrativa lo cual hace que las buenas intenciones de los miembros del consejo queden empantanadas en la nebulosa burocrática. Esto es mucho más alarmante cuando se trata de fijar los calendarios de entrega de dinero a los proyectos de largometrajes y cortometrajes ganadores.
Por eso, los que apuestan por el mercado nacional y se proyectan al extranjero, buscan la seguridad en cubrir los costos de producción y obtener un margen de ganancias, siendo el objetivo primordial el box office, la taquilla, donde necesariamente el producto ofrecido debe ser “vendible” como cualquier otra mercancía; aunque, se corra el albur de caer en productos de similares características, que apuestan sobreseguro, usando fórmulas repetitivas, asumiendo el inexorable destino de ser rápidamente olvidables, como sucede con infinidad de películas norteamericanas, deviniendo en productos descartables en el corto plazo (Usar y botar). Le pasó a dos películas anteriores de jóvenes realizadores que ya nadie recuerda pese a que el estreno fue hace poco tiempo, como son Mañana te cuento y Talk show, y algo de eso le ocurre también a La gran sangre.
La Gran Sangre
La primera película peruana estrenada comercialmente en lo que va del año es La Gran Sangre, prometedora cinta nacional dirigida por Jorge Carmona, que lleva a la gran pantalla a una de las miniseries más exitosas de la televisión peruana. La película nos muestra a La Gran Sangre, conformada por el Dragón (Carlos Alcántara), Tony Blades (Aldo Miyashiro) y Mandril (Pietro Sibille), quienes siguen luchando contra el mal en el Perú, siendo los justicieros del pueblo, y matando a diestra y siniestra a los que cometen delitos dentro del Perú. La presa de esta película es el Rocha, un narcotraficante mexicano, que viene al Perú para hacer un movimiento muy grande de droga, que se llevará a cabo en la selva. Salvándose de morir muchas veces, La Gran Sangre luchará en Lima y en la selva, intentando destruir el plan del Rocha, quien está acompañado por un equipo de gente dispuesta a todo. “Con su nulidad a cuestas –y tal vez por eso mismo- La gran sangre es una película sintomática. Es decir, encarna una tendencia del cine peruano que irá creciendo. Es la “película de productor”, que no apela al Estado ni a los fondos internacionales para apostar al supuesto gusto masivo del público y adivinar sus expectativas: “as seen on TV”, como dicen los infomerciales” dijo el crítico de cine Ricardo Bedoya, en su blog “Páginas del Diario de Satán”.
La situación de la producción de películas en el Perú sigue exactamente igual a años atrás. Solamente si tienes dinero, haces tu película. No hay una infraestructura que le permita a una persona con un proyecto bajo el brazo realizar un largometraje.
Como sabemos, ni ha existido ni existe una industria fílmica en el país. No hay continuidad en la producción, no se han creado patrones o modelos a los que adhiera el público. A su manera cada película baila con su propio pañuelo.
Además, el cine peruano atraviesa por una fuerte crisis creativa y no logra reeditar los éxitos de los ochenta e inicios de los noventa que tuvieron gran aceptación en el público local y lograron cosechar premios en festivales de no poca importancia en el exterior. Hasta el día de hoy no aparece una nueva generación de técnicos, productores, guionistas y directores con una propuesta interesante. La nueva generación de cineastas y videoastas aún no presenta propuestas y otros, al intentar el estilo cine americano con el estrellato hollywodense como objetivo, no les permite una mirada interior que pudiera enriquecer una propuesta, si es que la hubiera
En la actualidad, los jóvenes realizadores se enfrentan a la cruda realidad del mercado y a una ley del cine que el propio Estado burla al no dar la cuota que, por imperio de esa misma ley, le corresponde dar a un fondo de premiación para los cineastas, por lo que los jóvenes realizadores que se atreven a asumir el riesgo de un largometraje deciden apostar sobre seguro, utilizando “fórmulas ganadoras” que en el pasado dieron resultado en otras películas, sacrificando su talento por el supuesto beneficio económico.
Esto corresponde al letargo en el que estamos: los gremios no funcionan y el CONACINE es simplemente un organizador de concursos.
Lo lamentable es que estamos en un letargo sin tener por qué estarlo. El Perú tendría que tener ya una industria cinematográfica porque tiene ventajas comparativas sobre otros países de América Latina. A pesar de eso, nuestro cine, lamentablemente, descansa en Ibermedia, en los concursos de CONACINE. Es decir, no se sostiene en sí mismo.
El CONACINE debe recibir anualmente un promedio de un millón y medio de dólares. En los siete años de vigencia de la ley, el estado sólo ha aportado entre el 10 y 15 % de esta cantidad anualmente. A esto debe sumarse que CONACINE no cuenta con una autonomía económica, presupuestal y administrativa lo cual hace que las buenas intenciones de los miembros del consejo queden empantanadas en la nebulosa burocrática. Esto es mucho más alarmante cuando se trata de fijar los calendarios de entrega de dinero a los proyectos de largometrajes y cortometrajes ganadores.
Por eso, los que apuestan por el mercado nacional y se proyectan al extranjero, buscan la seguridad en cubrir los costos de producción y obtener un margen de ganancias, siendo el objetivo primordial el box office, la taquilla, donde necesariamente el producto ofrecido debe ser “vendible” como cualquier otra mercancía; aunque, se corra el albur de caer en productos de similares características, que apuestan sobreseguro, usando fórmulas repetitivas, asumiendo el inexorable destino de ser rápidamente olvidables, como sucede con infinidad de películas norteamericanas, deviniendo en productos descartables en el corto plazo (Usar y botar). Le pasó a dos películas anteriores de jóvenes realizadores que ya nadie recuerda pese a que el estreno fue hace poco tiempo, como son Mañana te cuento y Talk show, y algo de eso le ocurre también a La gran sangre.
La Gran Sangre
La primera película peruana estrenada comercialmente en lo que va del año es La Gran Sangre, prometedora cinta nacional dirigida por Jorge Carmona, que lleva a la gran pantalla a una de las miniseries más exitosas de la televisión peruana. La película nos muestra a La Gran Sangre, conformada por el Dragón (Carlos Alcántara), Tony Blades (Aldo Miyashiro) y Mandril (Pietro Sibille), quienes siguen luchando contra el mal en el Perú, siendo los justicieros del pueblo, y matando a diestra y siniestra a los que cometen delitos dentro del Perú. La presa de esta película es el Rocha, un narcotraficante mexicano, que viene al Perú para hacer un movimiento muy grande de droga, que se llevará a cabo en la selva. Salvándose de morir muchas veces, La Gran Sangre luchará en Lima y en la selva, intentando destruir el plan del Rocha, quien está acompañado por un equipo de gente dispuesta a todo. “Con su nulidad a cuestas –y tal vez por eso mismo- La gran sangre es una película sintomática. Es decir, encarna una tendencia del cine peruano que irá creciendo. Es la “película de productor”, que no apela al Estado ni a los fondos internacionales para apostar al supuesto gusto masivo del público y adivinar sus expectativas: “as seen on TV”, como dicen los infomerciales” dijo el crítico de cine Ricardo Bedoya, en su blog “Páginas del Diario de Satán”.


