
Desde hace aproximadamente 20 años, los psicólogos norteamericanos y los europeos, han comenzado a interesarse profesionalmente por las ciencias deportivas generándose la especialización hoy reconocida como Psicología del Deporte. Esta se ocupa principalmente de dos aspectos fundamentales: los factores psicológicos individuales, grupales e institucionales que co-determinan la práctica de determinados deportes y las consecuencias estructurales psico-sociales de tales prácticas.
En este amplio espectro, el psicólogo del deporte elegirá como objeto de su estudio, la estructura de personalidad del deportista, sus aptitudes, el liderazgo, el cumplimiento de las normas que regulen la actividad, las dinámicas grupales, sus motivaciones singulares, el bienestar psico-físico, el rendimiento, el éxito, el fracaso, el espíritu de cuerpo, el mantenimiento y optimización de resultados, los conflictos intra e interpersonales y su resolución, la competencia, armonía del equipo, concentración , percepción, etcétera.
Hoy en día todos los entrenadores y deportistas reconocen la importancia de los factores psicológicos tanto para el desarrollo como el rendimiento deportivo. Factores que de hecho no solo intervienen positivamente en el mejoramiento de la calidad de vida profesional, sino también personal del deportista, su grupo e institución.
El deporte, el que según su etimología implica “sustraerse al trabajo”, genera no solo diversión y esparcimiento sino que conforma, históricamente, una parte fundamental de la conducta humana. Conducta que está regulada y pautada por normas y reglamentaciones que son tan antiguas como la misma historia de cada deporte. La Psicología del Deporte hará todo lo posible por mantener y estimular estas normas que hacen a la Ética del Deportista, tanto en su vida personal como profesional. De hecho, el cumplimiento de estas normas favorece el máximo rendimiento con el consiguiente sentimiento de éxito en lo individual como en lo grupal y lo institucional.
Una Psicología del Deporte nunca trabajará sola, sino que consolidará su posición siempre dentro de un equipo interdisciplinario en el que cumplirá con su rol en forma adecuada y activa según la modalidad del grupo de referencia y adhiriéndose a la filosofía de la institución a la que pertenezca.
DESDE TEMPRANO
El impulso de superación está íntimamente ligado a la sobrevivencia y a las tendencias de dominio que posee el hombre. Este impulso se presenta muy tempranamente en nuestra vida y es posible observarlo con claridad en los juegos infantiles. En estos, el niño repite en forma activa aquello que ha vivenciado previamente en forma pasiva. El juego sirve además como conducta que modela, limita, y recrea la fantasía del niño.
Profunda será la relación que se puede establecer entre el juego y el deporte ya que ambos tienen aspectos similares con el común denominador del placer como afecto primordial.
En estos juegos será posible hallar factores que hacen a la competencia, siendo un claro ejemplo el ejercicio de los roles vinculados a la autoridad, donde el niño aprende a manejarse con códigos en donde existe el líder, el que depende el que se mejora, el que compite. Estos juegos encontramos implícita la satisfacción imaginaria de necesidades vitales, dando sentido a toda la estructura personal tanto la física como la psicosocial. Estas necesidades vitales durarán toda la vida y a “posteriori” pueden ser satisfecha por las profesiones, el deporte y otras actividades canalizantes.
En todas estas es posible también la sublimación de la constitucional y natural agresividad humana, con el consecuente beneficio secundario.
Una adecuada competencia infantil favorece la evolución a diferentes, posteriores y más estructurados estadios que incrementan y facilitan la madurez físico emocional del niño.De aquí la importancia del “juego-deporte” a edades tempranas. El niño (y el adulto) al irse autosuperando en sus metas y marcas, ya adquiriendo una noción profunda del perfeccionamiento de sus propios recursos personales.
EL PLACER DE TRIUNFAR
Si bien cuando se gana a un deporte a un oponente, existe la consecuente cuota de placer, todo indica que es la autosuperación la que opera con mayor intensidad en el principio psíquico que regula el placer humano. Imaginemos el indescriptible placer al alcanzar la cima de una montaña a la que hubo que conquistar.Este nivel de autocompetencia le permite al hombre, progresivamente ir descubriendo el enorme caudal de destrezas que posee y que por falta de aprendizaje están dormidas en su interior, pero, prestas as brindarse a favor de la evolución personal.
Lo “mejor” es un valor cultural sustancial que actúa como un estímulo discreto en todo hombre que anhela una vida digna y placentera. Por esto es que el deportista intenta nadar “más” y “más” rápido, saltar “más” alto, meter “más” goles.
Este “más” es una constante ligado a “más” placer. Es este “más” el que produce mayor plenitud vital.Cualquier actividad física sin placer no resulta recreativa por lo cual las posibilidades de obtener un triunfo consecuente se hacen cada vez más lejanas.
Como en la vida humana hay que vencer continuamente ciertas y determinadas resistencias, un triunfo deportivo con su correspondiente cuota de placer le otorga sentido a los “sacrificios” del entrenamiento. Sacrificios que por si mismos posee un valor terapéutico ligado a la estructura misma del deporte.
Si bien la contracara del triunfo seria la derrota, esta en el caso de no ser repetida o constante es una fuente importante de conocimiento y por eso altamente aprovechable para regular la autoestima y neutralizando fantasías omnipotentes de “todo lo puedo” vinculadas a trastornos narcisistas de la personalidad.
En el fondo todo triunfo humano siempre sostendrá la idea de que la vida puede sobre la muerte. Si bien a cada uno de nosotros nos depara el mismo destino, la vida se prolonga en un continuo ir hacia delante.
LA PERFECCION
La perfección no existe nada más que como idea humana. Es más, es parte fundamental de la estructura imaginaria hacia la que tendemos por medio del camino de la autosuperación y que forma una idealización de “lo mejor”. De aquí que la perfección sostenga en su interior un “plus ultra”, un más que nos convoca a obtenerlo. El camino que recorramos positivamente será el progreso de ese proyecto que en el deporte se marca por las metas a obtener y la performance correspondiente.
La perfección así entendida es un motor que nos impulsa a la competencia con nosotros o con los otros. Pero bien, cuando hemos logrado un nivel propio de performance puede existir temporalmente la necesidad de descanso. El cual si es demasiado largo puede conformarnos perder el estímulo de mejoramiento. Tradicionalmente esta situación se manifiesta en el dicho popular “sentarse sobre los laureles”. Será ésta una forma de derrota con múltiples y negativas consecuencias. “Sentarse sobre los laureles” será la “forma perfecta de la derrota”.
Si bien existen deportes perfectos, aunque algunos así parezcan, ya que ningún deporte por sí solo tiene la posibilidad de contener a todas las destrezas físicas en forma simultánea, a menos que se integren varios como en la figura del “tetratlon”; el deporte muestra cuan perfectible es esa maquina humana llamada cuerpo que en cada uno de sus procesos “repite” la organización del Universo tal como hoy hemos llegado a conocerlo.
En este amplio espectro, el psicólogo del deporte elegirá como objeto de su estudio, la estructura de personalidad del deportista, sus aptitudes, el liderazgo, el cumplimiento de las normas que regulen la actividad, las dinámicas grupales, sus motivaciones singulares, el bienestar psico-físico, el rendimiento, el éxito, el fracaso, el espíritu de cuerpo, el mantenimiento y optimización de resultados, los conflictos intra e interpersonales y su resolución, la competencia, armonía del equipo, concentración , percepción, etcétera.
Hoy en día todos los entrenadores y deportistas reconocen la importancia de los factores psicológicos tanto para el desarrollo como el rendimiento deportivo. Factores que de hecho no solo intervienen positivamente en el mejoramiento de la calidad de vida profesional, sino también personal del deportista, su grupo e institución.
El deporte, el que según su etimología implica “sustraerse al trabajo”, genera no solo diversión y esparcimiento sino que conforma, históricamente, una parte fundamental de la conducta humana. Conducta que está regulada y pautada por normas y reglamentaciones que son tan antiguas como la misma historia de cada deporte. La Psicología del Deporte hará todo lo posible por mantener y estimular estas normas que hacen a la Ética del Deportista, tanto en su vida personal como profesional. De hecho, el cumplimiento de estas normas favorece el máximo rendimiento con el consiguiente sentimiento de éxito en lo individual como en lo grupal y lo institucional.
Una Psicología del Deporte nunca trabajará sola, sino que consolidará su posición siempre dentro de un equipo interdisciplinario en el que cumplirá con su rol en forma adecuada y activa según la modalidad del grupo de referencia y adhiriéndose a la filosofía de la institución a la que pertenezca.
DESDE TEMPRANO
El impulso de superación está íntimamente ligado a la sobrevivencia y a las tendencias de dominio que posee el hombre. Este impulso se presenta muy tempranamente en nuestra vida y es posible observarlo con claridad en los juegos infantiles. En estos, el niño repite en forma activa aquello que ha vivenciado previamente en forma pasiva. El juego sirve además como conducta que modela, limita, y recrea la fantasía del niño.
Profunda será la relación que se puede establecer entre el juego y el deporte ya que ambos tienen aspectos similares con el común denominador del placer como afecto primordial.
En estos juegos será posible hallar factores que hacen a la competencia, siendo un claro ejemplo el ejercicio de los roles vinculados a la autoridad, donde el niño aprende a manejarse con códigos en donde existe el líder, el que depende el que se mejora, el que compite. Estos juegos encontramos implícita la satisfacción imaginaria de necesidades vitales, dando sentido a toda la estructura personal tanto la física como la psicosocial. Estas necesidades vitales durarán toda la vida y a “posteriori” pueden ser satisfecha por las profesiones, el deporte y otras actividades canalizantes.
En todas estas es posible también la sublimación de la constitucional y natural agresividad humana, con el consecuente beneficio secundario.
Una adecuada competencia infantil favorece la evolución a diferentes, posteriores y más estructurados estadios que incrementan y facilitan la madurez físico emocional del niño.De aquí la importancia del “juego-deporte” a edades tempranas. El niño (y el adulto) al irse autosuperando en sus metas y marcas, ya adquiriendo una noción profunda del perfeccionamiento de sus propios recursos personales.
EL PLACER DE TRIUNFAR
Si bien cuando se gana a un deporte a un oponente, existe la consecuente cuota de placer, todo indica que es la autosuperación la que opera con mayor intensidad en el principio psíquico que regula el placer humano. Imaginemos el indescriptible placer al alcanzar la cima de una montaña a la que hubo que conquistar.Este nivel de autocompetencia le permite al hombre, progresivamente ir descubriendo el enorme caudal de destrezas que posee y que por falta de aprendizaje están dormidas en su interior, pero, prestas as brindarse a favor de la evolución personal.
Lo “mejor” es un valor cultural sustancial que actúa como un estímulo discreto en todo hombre que anhela una vida digna y placentera. Por esto es que el deportista intenta nadar “más” y “más” rápido, saltar “más” alto, meter “más” goles.
Este “más” es una constante ligado a “más” placer. Es este “más” el que produce mayor plenitud vital.Cualquier actividad física sin placer no resulta recreativa por lo cual las posibilidades de obtener un triunfo consecuente se hacen cada vez más lejanas.
Como en la vida humana hay que vencer continuamente ciertas y determinadas resistencias, un triunfo deportivo con su correspondiente cuota de placer le otorga sentido a los “sacrificios” del entrenamiento. Sacrificios que por si mismos posee un valor terapéutico ligado a la estructura misma del deporte.
Si bien la contracara del triunfo seria la derrota, esta en el caso de no ser repetida o constante es una fuente importante de conocimiento y por eso altamente aprovechable para regular la autoestima y neutralizando fantasías omnipotentes de “todo lo puedo” vinculadas a trastornos narcisistas de la personalidad.
En el fondo todo triunfo humano siempre sostendrá la idea de que la vida puede sobre la muerte. Si bien a cada uno de nosotros nos depara el mismo destino, la vida se prolonga en un continuo ir hacia delante.
LA PERFECCION
La perfección no existe nada más que como idea humana. Es más, es parte fundamental de la estructura imaginaria hacia la que tendemos por medio del camino de la autosuperación y que forma una idealización de “lo mejor”. De aquí que la perfección sostenga en su interior un “plus ultra”, un más que nos convoca a obtenerlo. El camino que recorramos positivamente será el progreso de ese proyecto que en el deporte se marca por las metas a obtener y la performance correspondiente.
La perfección así entendida es un motor que nos impulsa a la competencia con nosotros o con los otros. Pero bien, cuando hemos logrado un nivel propio de performance puede existir temporalmente la necesidad de descanso. El cual si es demasiado largo puede conformarnos perder el estímulo de mejoramiento. Tradicionalmente esta situación se manifiesta en el dicho popular “sentarse sobre los laureles”. Será ésta una forma de derrota con múltiples y negativas consecuencias. “Sentarse sobre los laureles” será la “forma perfecta de la derrota”.
Si bien existen deportes perfectos, aunque algunos así parezcan, ya que ningún deporte por sí solo tiene la posibilidad de contener a todas las destrezas físicas en forma simultánea, a menos que se integren varios como en la figura del “tetratlon”; el deporte muestra cuan perfectible es esa maquina humana llamada cuerpo que en cada uno de sus procesos “repite” la organización del Universo tal como hoy hemos llegado a conocerlo.


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